Dejar la felicidad en manos de otro

Mi felicidad está en manos de una persona que, antes cada mes y ahora cada 15 días, decide si sonreiré o no. 

No dice la palabra maldita, cáncer, él dice "la enfermedad". En un tono pausado, con la mirada clavada en la mía, dejando el ordenador a un lado y cruzando una mano sobre la otra comenta cómo transcurrirá el próximo medio mes. Puede que diga que la enfermedad ha viajado a otras partes del cuerpo o que está parada. La espera en la puerta de su consulta es un bailoteo de pies nerviosos solamente interrumpido por el paso travieso de una enfermera, Lourdes, que con una sonrisa y unos caramelos hace más dulce la espera. 

Esta persona es Fernando. Siempre observo sus manos, al fin y al cabo en ellas está la esperanza de muchos. Sus frases son una composición, puede que aprendida, de cómo esquivar la palabra muerte. Inclinado hacia adelante siempre espera una pregunta, pero las preguntas solamente aparecen cuando la puerta de su consulta se cierra tras mi espalda. Además seguramente no tenga respuesta a mi "por qué".

Es joven, quizá demasiado para estar rodeado de tanto sufrimiento, pero eso lo hace aún más valioso y más valiente. Por su saludo inicial sé qué es lo que va a decir, si hay unas pequeñas arrugas en su mirada, es que todo va bien, si aprieta los labios y se reclina hacia adelante, como queriendo tocarme, es que lo próximo que dirá será como un torbellino de palabras sin sentido, como una bofetada temprana. 

Deposito en él toda mi tranquilidad y felicidad. Sé que hará todo lo posible por evitar lo inevitable. 

Fernando es médico oncólogo del Hospital de Galdakao, en Bizkaia. 

@Ohihane

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